El Templario y el hombre sin suerte (Nº2)


Capítulo 2: La noche más fría

Aquella noche, el frío no era solo una sensación.

Era una presencia.

Se colaba por las rendijas de la ventana mal cerrada, reptaba por las paredes desconchadas y se instalaba en los huesos como si hubiera decidido quedarse a vivir allí. Mateo estaba sentado en el borde de su cama, con una manta vieja sobre los hombros y las manos entrelazadas, soplando aire tibio entre los dedos para engañar al cuerpo.

Había sido otro mal día.

El trabajo temporal que había conseguido hacía apenas dos semanas se había terminado sin previo aviso. “Recorte de personal”, le dijeron. Ni una explicación más, ni una oportunidad de demostrar nada. Solo una despedida rápida, casi mecánica, como si nunca hubiera estado allí.

No era la primera vez.

Y, en el fondo, temía que tampoco sería la última.

Miró el móvil. Sin mensajes. Sin llamadas. Nadie preguntando cómo estaba, nadie esperando nada de él. Suspiró, apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos un instante.

—Mañana será otro día —murmuró, aunque la frase sonó vacía incluso para él.

Se acostó sin cenar. No por decisión, sino porque no había mucho que decidir. Se cubrió con la manta, encogiendo el cuerpo para conservar el poco calor que quedaba, y dejó que el cansancio hiciera su trabajo.

Pero el sueño no llegó como otras veces.

No fue un apagón suave ni una caída lenta hacia la oscuridad.

Fue… distinto.

Primero sintió el silencio.

Un silencio profundo, absoluto, como si el mundo hubiera dejado de respirar.

Luego, el frío desapareció.

Mateo abrió los ojos.

Ya no estaba en su habitación.

Se encontraba de pie en un lugar abierto, inmenso, envuelto en una penumbra azulada. El suelo era de piedra, irregular y antiguo, como si llevara siglos soportando el peso del tiempo. A lo lejos, se levantaban estructuras que parecían ruinas: columnas rotas, muros incompletos, restos de algo que una vez fue grandioso.

El aire era frío, sí… pero no dolía.

Era un frío limpio.

—¿Dónde…? —susurró Mateo, girando sobre sí mismo.

El eco de su voz no regresó.

Entonces lo oyó.

Un sonido metálico, firme, rítmico.

Pasos.

Lentos, seguros.

Mateo sintió cómo su cuerpo se tensaba. No por miedo exactamente, sino por una extraña mezcla de inquietud y expectación. Se giró hacia el origen del sonido.

Y lo vio.

Entre la neblina que flotaba a ras de suelo, una figura comenzó a tomar forma. Alta, erguida, envuelta en una capa pesada que apenas se movía. Cuando avanzó lo suficiente, la luz tenue reveló el brillo opaco del metal.

Una armadura.

Antigua.

Imponente.

Sobre el pecho, una cruz marcada, gastada por el tiempo pero aún visible.

Un caballero templario.

Mateo dio un paso atrás por puro instinto.

—Esto es un sueño… —murmuró, más para convencerse que por otra cosa.

El caballero se detuvo a unos pocos metros de él.

No llevaba el casco cerrado. Su rostro estaba parcialmente visible: severo, marcado por cicatrices y años, pero con una calma extraña, casi solemne. Sus ojos, sin embargo… sus ojos parecían verlo de una manera que nadie lo había mirado antes.

Como si lo conociera.

Como si lo hubiera estado esperando.

—Mateo —dijo la figura, con una voz grave que no parecía salir del aire, sino resonar directamente dentro de su cabeza.

Mateo se quedó inmóvil.

—¿Cómo sabes mi nombre?

El caballero no respondió de inmediato. Apoyó lentamente una mano enguantada sobre la empuñadura de su espada, no en gesto de amenaza, sino de costumbre.

—Porque has sido observado —dijo al fin—. Mucho más de lo que crees.

Mateo frunció el ceño.

—¿Observado? ¿Por quién?

—Por aquello que pesa sobre los hombres que no se rinden.

El silencio volvió a envolverlos.

Mateo sintió un leve temblor en el pecho. No entendía lo que estaba pasando, pero, por primera vez en mucho tiempo, tampoco sentía esa sensación de derrota constante. Había algo diferente en ese momento. Algo… importante.

—Si esto es un sueño —dijo, tragando saliva—, es el más raro que he tenido.

El caballero dio un paso más hacia él.

El sonido de la armadura contra la piedra resonó con fuerza.

—No todos los sueños son evasión —respondió—. Algunos son umbrales.

Mateo no supo qué decir.

El templario lo observó unos segundos más, como evaluándolo, como midiendo algo invisible.

—Has vivido sin suerte —continuó—. Has sido probado sin descanso. Golpeado, ignorado, olvidado.

Cada palabra caía con una precisión incómoda.

—Y aun así —añadió—, sigues en pie.

Mateo bajó la mirada.

—No sé hacer otra cosa…

El caballero asintió levemente.

—Precisamente por eso estás aquí.

Un viento suave cruzó las ruinas, levantando polvo antiguo. Por un instante, todo pareció moverse a su alrededor, como si el lugar mismo respirara.

—La mayoría de los hombres se quiebran —dijo el templario—. Se rinden, culpan, se consumen. Tú no.

Mateo levantó la vista.

—No porque sea fuerte —respondió—. Solo… sigo.

El caballero dio un último paso, quedando frente a él.

—A veces —dijo—, eso es lo mismo.

El silencio que siguió no era incómodo.

Era… expectante.

Como si algo estuviera a punto de comenzar.

Mateo sintió, por primera vez en mucho tiempo, algo parecido a calor en el pecho. No físico, sino interno. Una chispa leve, pero firme.

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó finalmente.

El templario lo miró fijamente.

Y por un instante, la oscuridad alrededor pareció cerrarse, concentrándose en ese único punto.

—Porque tu historia —dijo— no es la de un hombre sin suerte.

Hizo una breve pausa.

—Es la de un hombre que aún no entiende su propósito.

El suelo vibró levemente bajo sus pies.

Las ruinas, la niebla, el aire mismo… todo comenzó a desdibujarse.

Mateo sintió que el mundo se alejaba, como si alguien tirara de él hacia atrás.

—Espera —dijo, dando un paso—. ¿Volveré a verte?

El caballero no se movió.

Pero sus ojos, por un instante, parecieron brillar.

—Eso dependerá de ti.

Y entonces, todo desapareció.

Mateo abrió los ojos de golpe.

Estaba en su habitación.

El frío había vuelto.

La manta seguía sobre él.

El silencio… también.

Pero algo había cambiado.

No sabía qué.

No sabía cómo explicarlo.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, la idea de levantarse al día siguiente no le pesaba tanto.

Se quedó mirando el techo, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal.

Y en su mente, aún resonaba aquella voz:

“No todos los sueños son evasión… algunos son umbrales.”

Mateo cerró los ojos de nuevo.

Esta vez, no para escapar.

Sino esperando volver.

Continuara...

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