Desde antes de que pudiera entender lo que significaba la palabra “suerte”, la vida ya parecía haber tomado una decisión sobre él.
Se llamaba Mateo, y su historia no empezó con tragedias espectaculares ni con giros dramáticos dignos de una película. No. Lo suyo era más silencioso, más constante. Una especie de mala fortuna persistente, como una lluvia fina que nunca se detiene, que no empapa de golpe, pero que acaba calando hasta los huesos.
De niño, Mateo no tuvo una infancia especialmente feliz, pero tampoco podía decir que fuera la peor. Simplemente… siempre parecía quedarse un paso por detrás. Cuando en la escuela hacían equipos, él era el último en ser elegido. Cuando estudiaba mucho para un examen, sacaba una nota aceptable, pero nunca destacaba. Cuando intentaba hacer amigos, algo —un malentendido, una broma fuera de lugar, un silencio incómodo— terminaba alejando a los demás.
No era torpe, ni antipático, ni especialmente raro. Pero había algo en él que no terminaba de encajar.
Su padre solía decirle:
—La vida no le debe nada a nadie.
Y Mateo asentía, aunque en el fondo no entendía por qué parecía deberle menos a él que a los demás.
En casa, las cosas tampoco eran fáciles. El dinero nunca alcanzaba del todo, las discusiones eran frecuentes y el ambiente estaba cargado de una tensión constante. Mateo aprendió pronto a no pedir demasiado, a no quejarse, a no molestar. Se volvió experto en hacerse pequeño, en pasar desapercibido.
Pero también aprendió algo más: a resistir.
Porque cada vez que algo salía mal —que era casi siempre—, Mateo encontraba la manera de seguir adelante. No porque tuviera una gran motivación ni porque creyera que todo mejoraría mágicamente, sino porque no sabía hacer otra cosa. Rendirse no era una opción que alguien le hubiera enseñado.
La adolescencia no fue más amable.
Mientras otros descubrían quiénes eran, él parecía perderse más. Intentó encajar en distintos grupos: los estudiosos, los deportistas, los que se sentaban al fondo y se reían de todo. En ninguno duró mucho. Siempre había un momento en el que se daba cuenta de que no pertenecía ahí.
Y luego estaba el amor.
Su primera vez no fue un gran romance ni una historia inolvidable. Fue más bien una acumulación de pequeños rechazos. Miradas que no eran correspondidas, mensajes que quedaban sin respuesta, ilusiones que se desinflaban antes de empezar.
Cuando por fin creyó que algo podía salir bien —una chica que le sonreía, que parecía interesarse por él—, resultó que solo necesitaba ayuda con los estudios. Mateo la ayudó durante meses. Cuando terminó el curso, ella desapareció de su vida como si nunca hubiera estado.
Le dolió. Claro que le dolió.
Pero no dejó de intentarlo.
Ese era el patrón de su vida: golpe tras golpe, decepción tras decepción… y aun así, seguir.
En los trabajos tampoco encontró refugio. Su primer empleo fue en una tienda donde lo despidieron por un error que ni siquiera había sido completamente suyo. En el siguiente, trabajó más horas de las que le correspondían, con la esperanza de que lo valoraran. No lo hicieron. En otro, la empresa cerró de un día para otro.
Cada vez que parecía estar a punto de estabilizarse, algo fallaba.
Algo siempre fallaba.
Y sin embargo, había algo en Mateo que no se rompía.
A veces, por la noche, cuando todo estaba en silencio, se preguntaba si tenía sentido seguir intentándolo. Si no sería más fácil aceptar que su vida estaba destinada a ser una sucesión de intentos fallidos.
Pero al día siguiente, se levantaba.
Se levantaba aunque no tuviera ganas. Aunque no viera un futuro claro. Aunque todo indicara que el esfuerzo no cambiaría nada.
Se levantaba… y volvía a intentarlo.
Porque en algún rincón profundo de sí mismo, había una idea pequeña, casi invisible, pero obstinada:
Que tal vez, solo tal vez, algún día, algo saldría bien.
Y aunque ese día nunca parecía llegar, Mateo seguía caminando hacia él.
Sin suerte, sí.
Pero nunca derrotado.
Continuara...



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