El Templario y el hombre sin suerte (Nº4)


Capítulo 4: El aire cambió.

No fue solo una sensación: fue como si el propio espacio contuviera la respiración.

Mateo giró lentamente la cabeza hacia la oscuridad que se agitaba entre las ruinas. Aquello… no era una figura definida, ni una sombra cualquiera. Era más bien una distorsión, como si la realidad estuviera mal encajada en ese punto.

El medallón vibró contra su pecho.

Una vez.

Dos.

Tres.

—¿Qué es eso…? —susurró.

El templario no apartó la mirada de la oscuridad.

—No es lo que debes temer —respondió con calma—. Es lo que custodia.

Mateo frunció el ceño.

—¿Custodia… qué?

El templario alzó la mano, indicándole que mirara el medallón.

—Obsérvalo.

Mateo bajó la vista.

El brillo había cambiado.

Ya no era solo una luz pulsante. Las inscripciones diminutas que rodeaban la cruz… se estaban moviendo.

No físicamente, sino… reordenándose.

Como si estuvieran vivas.

—No puede ser… —murmuró.

Las letras, antes incomprensibles, comenzaron a alinearse. El círculo perfecto se rompió y, poco a poco, formó algo distinto.

Un símbolo.

No.

Un mapa.

Mateo entrecerró los ojos, concentrándose.

Había líneas. Curvas. Una silueta irregular… que le resultaba extrañamente familiar.

—Esto… es un lugar.

El templario asintió.

—Una puerta.

Mateo volvió a mirar la figura.

Y entonces lo vio.

Una elevación.

Una estructura.

Torres… medio derruidas.

—Un castillo… —dijo, casi sin aliento.

El medallón vibró con más fuerza.

Y en el centro del “mapa”, apareció una marca.

Un punto exacto.

Luego, debajo… palabras.

Esta vez, claras.

En castellano.

“Donde la piedra oculta el sol muerto.”

Mateo tragó saliva.

—Eso no tiene sentido…

Pero en el fondo, algo dentro de él ya estaba encajando piezas.

Un recuerdo.

Otro.

Su madre.

Una historia que creyó inventada.

“Hay lugares en los que el sol no desaparece… solo espera bajo la tierra.”

Mateo abrió los ojos de golpe.

—Almería…

El templario lo observó con atención.

—Has comenzado a recordar.

—El castillo de… Tabernas —continuó Mateo, con la voz temblorosa—. Mi madre… hablaba de él. Decía que no era solo una fortaleza.

El silencio se hizo más pesado.

El templario dio un paso más cerca.

—No lo es.

La oscuridad del fondo se agitó con más violencia.

Un sonido grave, casi orgánico, empezó a emerger de ella.

Mateo retrocedió un paso instintivamente.

—Eso se está acercando…

—Porque ya te ha visto.

El corazón de Mateo se disparó.

—Genial… —murmuró—. Justo lo que necesitaba.

El templario no reaccionó.

—Escucha bien —dijo, con una firmeza que cortó el aire—. El medallón no solo muestra el camino. También lo abre.

Mateo lo miró.

—¿Abrir… qué exactamente?

El templario sostuvo su mirada.

—Lo que tu madre protegió.

Un escalofrío recorrió a Mateo.

—¿Mi madre sabía todo esto?

—Más de lo que crees.

El suelo volvió a temblar. Esta vez, con más intensidad.

La cosa en la oscuridad avanzó un poco más, y por un instante… Mateo creyó ver algo parecido a una silueta deformada, como una armadura rota… moviéndose de forma antinatural.

—Vale, esto ya no es una metáfora —dijo, tensándose—. Dime qué tengo que hacer.

El templario extendió la mano hacia él.

—Debes ir al castillo.

—¿Y luego qué?

—Busca donde la piedra no proyecta sombra al amanecer.

Mateo parpadeó.

—Eso es… muy específico y muy críptico a la vez.

Por primera vez, el templario esbozó algo parecido a una leve sonrisa.

—Así era ella también.

El nombre llegó solo.

—Isabela…

El templario asintió lentamente.

—Tu madre no eligió ese nombre para sí misma por casualidad.

Mateo frunció el ceño.

—¿Cómo que “para sí misma”?

Pero no hubo respuesta.

El medallón ardió.

Literalmente.

Mateo gritó y se llevó la mano al pecho.

La luz explotó.

El mundo se rompió otra vez.

El sofá.

El salón.

El silencio.

Mateo jadeaba, inclinado hacia adelante, con el medallón aún entre los dedos.

Todo había desaparecido.

Pero no era un sueño.

No podía serlo.

Miró el colgante.

Las inscripciones… habían vuelto a su forma original.

Excepto por algo.

Una pequeña marca, apenas visible, grabada ahora en el borde interior.

Un símbolo que no estaba antes.

Un triángulo invertido… atravesado por una línea.

Mateo se levantó de golpe.

—Tabernas…

Su voz ya no dudaba.

Miró alrededor del salón. Todo seguía igual. Polvo, recuerdos, silencio.

Pero él no.

Apretó el medallón con fuerza.

—Si esto es real… —murmuró—, entonces no estoy loco.

Una pausa.

—O al menos… no del todo.

Caminó hacia la puerta.

Antes de salir, se detuvo un segundo.

Miró el viejo mueble.

Y, por primera vez desde la muerte de su madre, no sintió solo ausencia.

Sintió… intención.

—¿Qué hiciste, mamá…?

No hubo respuesta.

Pero en algún lugar, muy lejos de allí…

Bajo la piedra antigua del castillo de Tabernas…

Algo que llevaba siglos enterrado…

acababa de despertar.

Continuará...


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