El Templario y el hombre sin suerte (Nº5)


Capítulo 5: Donde la piedra recuerda


El viento de Tabernas no soplaba igual.

No era el típico aire seco del desierto. Aquello tenía peso. Historia. Como si cada ráfaga arrastrara voces antiguas que no terminaban de desaparecer.

Mateo lo sintió en cuanto puso un pie entre las ruinas del castillo.

—Genial… —murmuró, mirando a su alrededor—. Justo el tipo de sitio donde pasan cosas normales.

El medallón respondió con una vibración leve, casi impaciente.

Por primera vez en su vida, Mateo no dudó.

Avanzó.

Las piedras estaban erosionadas, pero no muertas. Había algo en ellas… una especie de pulso oculto. Caminó entre muros caídos y arcos medio derruidos hasta que el medallón comenzó a calentarse.

—Vale… vale… ya te siento.

Se detuvo.

Cerró los ojos.

Y recordó las palabras.

“Donde la piedra no proyecta sombra al amanecer.”

Abrió los ojos de golpe.

—El amanecer…

Giró sobre sí mismo, observando la posición del sol. Aún no había salido del todo, pero la luz comenzaba a asomar por el horizonte, dibujando sombras largas… en todas direcciones.

En todas… excepto en un punto.

Allí.

Una pared irregular. Rocosa. Extraña.

Mateo entrecerró los ojos.

—No puede ser tan fácil…

Se acercó con cautela.

La piedra parecía normal, pero la luz del amanecer no la tocaba igual. Era como si… la evitara.

Como si no pudiera existir ahí.

El medallón ardió.

—Sí, sí… ya voy.

Apoyó la mano sobre la roca.

Nada.

Frunció el ceño.

—Vamos… no me hagas esto ahora…

Entonces lo entendió.

No era tocarla.

Era… mostrarle.

Sacó el medallón y lo colocó contra la superficie.

Silencio.

Un latido.

Otro.

Y entonces—

La piedra se abrió.

No de forma violenta. No como una puerta.

Más bien… se deshizo.

Como arena desmoronándose hacia dentro, revelando un pasaje oscuro que no debería existir.

Mateo se quedó inmóvil.

—Vale… esto definitivamente no es normal.

—No. No lo es.

La voz lo hizo girar en seco.

Alguien estaba detrás de él.

Una figura femenina, apoyada contra una columna derruida, observándolo con una mezcla de curiosidad y algo más… algo que Mateo no supo identificar al instante.

Era… impresionante.

No solo por su belleza —que era innegable—, sino por la seguridad con la que estaba ahí, como si aquel lugar le perteneciera tanto como el aire que respiraba.

—Vaya —dijo ella, incorporándose—. Así que funciona de verdad.

Mateo parpadeó.

—¿Perdón?

La mujer sonrió levemente.

—El medallón. Nunca lo había visto en acción.

Mateo dio un paso atrás, instintivo.

—¿Quién eres?

Ella se acercó sin prisa, evaluándolo con la mirada.

—Depende —respondió—. ¿Quién eres tú?

Mateo dudó un segundo.

Luego decidió que mentir en medio de… lo que fuera aquello… no tenía mucho sentido.

—Mateo.

La mujer se detuvo frente a él.

Sus ojos brillaron al escuchar el nombre.

—Claro… —murmuró—. Tenía que ser tú.

Mateo sintió un escalofrío.

—Eso no suena nada tranquilizador.

Ella soltó una pequeña risa.

—No, supongo que no.

Una pausa.

Soy Gala.

El nombre cayó con un peso extraño.

Algo en la mente de Mateo hizo clic.

—Espera… —frunció el ceño—. ¿Gala…?

Ella lo miró directamente a los ojos.

—Conocía a tu madre.

El mundo se detuvo un segundo.

—¿Qué?

Gala asintió, sin apartar la mirada.

—Isabela no hablaba mucho de su vida, pero… confiaba en mí. Más de lo que debería, probablemente.

Mateo intentó procesarlo.

—Eso… eso no puede ser casualidad.

—No lo es.

Silencio.

El viento volvió a soplar entre las ruinas.

Mateo la observó con más atención.

Había algo en ella… familiar. No en el sentido de haberla visto antes, sino en algo más profundo. Una sensación de conexión difícil de explicar.

Y entonces lo notó.

Sus ojos.

El brillo.

No era solo curiosidad.

Era… reconocimiento.

Y algo más.

Algo que le hizo desviar la mirada por un segundo.

—Vale… —dijo Mateo, intentando recomponerse—. Entonces… ¿qué haces aquí?

Gala cruzó los brazos.

—Cazar tesoros.

—Claro. Normal.

—Pero no de los que piensas.

Señaló el pasaje abierto en la roca.

—Eso… lleva años escondido. Y créeme, he buscado.

Mateo alzó el medallón.

—Y yo tengo la llave.

—Exacto.

Sus miradas se cruzaron de nuevo.

Esta vez, ninguno apartó la vista.

Había una tensión distinta ahora. Más densa. Más… viva.

Gala sonrió apenas.

—Tu madre tenía razón.

—¿Sobre qué?

—Sobre que acabarías encontrándolo.

Mateo tragó saliva.

—Empiezo a pensar que sabía demasiadas cosas.

—Oh, Mateo… —dijo Gala, acercándose un poco más—. No tienes idea.

Un segundo de silencio.

Luego, ella giró la cabeza hacia el pasaje.

—Pero esto… es solo el principio.

Mateo siguió su mirada.

Oscuridad.

Profunda. Antigua.

—¿Entramos? —preguntó él.

Gala lo miró de reojo, con una media sonrisa.

—Pensaba que no lo propondrías nunca.

Horas después…

El sol ya estaba alto cuando salieron del castillo.

Pero algo había cambiado.

No solo en Mateo.

También en el camino.

Porque la pista que habían encontrado… no terminaba allí.

Continuaba.

Gala extendió un pequeño fragmento de piedra grabada que habían extraído del interior.

—Esto no es de aquí.

Mateo lo observó.

Había marcas.

Símbolos.

Y un grabado claro.

Una silueta.

—Eso es… —murmuró.

La Alcazaba —confirmó Gala.

Mateo levantó la vista hacia el horizonte, como si pudiera verla desde allí.

—Almería otra vez…

Gala asintió.

—Pero no cualquier parte.

Señaló el grabado con el dedo.

—Aquí.

Una sección concreta.

Rocosa. Irregular.

Parte de la muralla.

Mateo sintió cómo el medallón reaccionaba de nuevo.

—Esto no se detiene, ¿verdad?

Gala negó suavemente.

—No.

Una pausa.

Luego, lo miró de nuevo.

Esa vez, más despacio.

Más cerca.

—Y nosotros tampoco deberíamos hacerlo.

El aire volvió a cambiar.

Pero esta vez… no era por algo oscuro.

Mateo sostuvo su mirada.

Y, por primera vez desde que todo empezó…

no sintió miedo.

Sintió… impulso.

—Entonces vamos —dijo.

Gala sonrió.

Y juntos, sin mirar atrás…

dejaron atrás el castillo.

Rumbo a la piedra…

donde la historia aún no había terminado.


Continuara…


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