Crónica de una despedida anunciada: mi jamón de pata negra y yo

Foto: Almeriense Online

Hay historias de amor que duran toda la vida.

La mía, en cambio, depende del grosor de cada loncha.

En casa ya no se pregunta “¿qué hay de comer?”. Ahora la verdadera preocupación nacional es:
—¿Cuánto queda de jamón?

Mi querido jamón de pata negra ha pasado de ser una pieza majestuosa y orgullosa a convertirse lentamente en un esqueleto ibérico al que miro con la misma tristeza con la que uno contempla el último capítulo de su serie favorita.


Al principio todo era felicidad. Cortes perfectos, brillo celestial, aroma capaz de reconciliar familias enteras y hacer llorar a cualquier nutricionista. Cada loncha desaparecía más rápido que una paga el primer fin de semana del mes. Hasta el gato me miraba distinto. Con respeto. Con admiración. Con hambre.

Pero han pasado los días… y ahora empieza el drama.

Ya no quedan esas lonchas grandes y hermosas. Ahora entro en fase arqueológica: rasco, giro el jamón, lo observo desde distintos ángulos y me convenzo de que “todavía se puede sacar algo bueno de aquí”. He desarrollado habilidades de cirujano y paciencia de monje tibetano para arrancar virutas dignas de una tostada.

El problema llegará cuando solo quede hueso y cuerda.

Ese día sé que me sentaré frente al jamonero en silencio, mirando fijamente el vacío existencial que deja una buena pata terminada. Quizá suene una saeta de fondo. Quizá me abrace a la cuerda como quien se aferra a un amor imposible. Quizá hasta diga:
—Nos dimos una buena vida, compañero.

Porque un jamón de pata negra no se acaba.
Se despide.

Y yo, sinceramente, no estoy preparado emocionalmente para ese momento.

Si algún día me veis por la calle cabizbajo, no preguntéis.
Seguramente solo quede hueso y cuerda.


No hay comentarios :

Publicar un comentario