El final de otro verano cualquiera

viernes, 2 de septiembre de 2011


Las contraventanas de las casas de veraneo están echadas, las risas y los griteríos de los niños han cesado. Hoy el silencio, puntuado por el chillido de las gaviotas, se mueve empujado por el viento. El mar se ha retirado muy lejos, (empiezan las mareas vivas), dejando sobre la arena de las playas el brillo resbaladizo y oscuro de las algas mientras potentes descargas de yodo enloquecen el olfato.

Día tras día la oscuridad va robando minutos a la luz. Al principio del verano el sol se hundía en el norte de la bahía, ahora lo hace al sur, justo detrás del fuerte construido por Vauban encima de la colina que cierra la ensenada.

Ya termina este verano lluvioso con sabor a otoño, o mejor dicho, este verano que me supo a otoño. 

Recuerdo que, de niño, poco me importaban los caprichos de la meteorología. Gozar de la libertad otorgada por mis padres me ocupaba por entero. El equipaje todavía sin deshacer, nos soltaban a mis hermanos y a mí por el pueblo, las playas y los acantilados. La única cadena que nos unía al mundo de los adultos era la alimenticia. Nuestro toque de queda, la luz del faro cuando se encendía. Añoro este sentimiento de libertad, al igual que este pálpito en el corazón al descubrir la inmensidad del mundo fuera de las paredes del colegio y de la rutina escolar. El globo terrestre se volvía minúsculo en los laberintos sibilantes de las landas, en el torbellino de una ola, en la luz cambiante del horizonte, en el tacto tan suave de un canto rodado alisado por el vaivén secular de los océanos.

Y quizá también eche de menos (aunque no se pueda decir que me apasionara el colegio) la visión de los lápices nuevos, perfectamente afilados y ordenados, el crujido de los cuadernos al abrirlos por primera vez, el olor a tinta de los libros sin explorar, las ganas de volver a ver mis compañeros de clase.

Pero lo que sin duda recuerdo con agudeza e infinita nostalgia es la ilusión por vivir en un mundo donde las palabras, traición, abandono o muerte, se leían en los cuentos y, aunque su angustia anidaba en mis temores nocturnos, el primer rayo de luz rasgaba como si fuera el telón apolillado de un escenario a falta de actores.

Los años se han encargado de desvelarme el calado y la hondura de las palabras dulces y amargas y la dificultad de entenderlas, de asimilarlas en su justo momento, en consonancia con los otros, con el otro, y con esta otra, cada vez más dubitativa, que no cesa de observarme tras el espejo.

Por el, por el que me observa, voy a intentar quitar algo de opacidad a mis cristalinos, para que pueda apreciar conmigo y en armonía, los matices de una vida que nos empuja, y que con sus prisas y sus exigencias, nos ha arrebatado el sabor del último verano.


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